Relato

Claudia (o por qué dejé de fumar)

Aún sigo sin comprender que era lo que Claudia veía en mí pues, a pesar de haber sido la chica más popular de la universidad, la chica más envidiada por las mujeres y codiciada por los hombres, disfrutaba pasar su tiempo a mi lado.

A ella parecía no importarle discutir con sus amigos por pasar el tiempo conmigo; no se alejaba de ellos, pero siempre que tenía la oportunidad pasábamos las tarde en la biblioteca, tomando un café barato de aquellos que vendían en el puesto callejero, o fumando sentados debajo de las escaleras del puente peatonal. Era a la única persona que parecía no importarle que fuese un alumno becado, que utilizara el transporte público para moverme día a día, o que comprara los cigarrillos más baratos que pudiese encontrar. No, a ella no le importaba, o tal vez fingía no importarle…, a veces creo que lo disfrutaba.

Ella, que era la chica más popular de la universidad y la hija de una de las familias más adineradas de la ciudad, disfrutaba la vida corriente.

Aún recuerdo que en nuestra fiesta de graduación todos querían bailar con ella; todos querían presumir que eran lo suficientemente atractivos para llamar su atención, todos querían mostrar que podían tener el trofeo más codiciado en su vitrina, la gema más valiosa, el premio mayor. Pero no, las riquezas y la abundancia no eran lo que ella buscaba o necesitaba. ¿Qué otra cosa podía desear la hija de una de las familias más acaudaladas de la ciudad? Nadie lo sabía, nadie lo imaginaba…, excepto yo. Ella no lo decía de manera textual, pues era lo suficientemente educada para intentar no lastimar a todos aquellos que, sin importar sus intenciones, se le acercaban; a ella la delataba su mirada, era su mejor método de comunicación y al parecer nadie supo descifrar lo que sus ojos expresaban, nadie fue capaz de mirar dentro de su ser y percibir lo que su alma exigía a gritos. Nadie… excepto yo.

Sabía muy bien lo que ella buscaba, pero aún no comprendo por qué lo buscaba en mí teniendo tantas opciones a su disposición.

El único momento en el que fui incapaz de descifrar su mirada fue al despedirnos en el aeropuerto, esa fría noche de invierno en la cual tuvo que volar a España tras la muerte de su padre y el suicidio de su madre. No entendía si ella lloraba en silencio, o si pedía a gritos que alguien detuviera el dolor que la anegaba, sé bien que no derramó ni una sola lágrima, ni siquiera conmigo. No permitió que su rostro se desencajara ni que su sonrisa se quebrara. Incluso sus amigos más cercanos, tras su partida, opinaron que no tenía corazón, o que posiblemente ella había sido la culpable de ambas muertes… todo era mentira; yo sabía que ella sufría, pero no quiso que nadie sintiera compasión por ella, no quiso mostrarse débil ante nadie; nunca lo hacía.

«Volveremos a vernos, es una promesa.»

Esas fueron las últimas palabras que me dedicó antes de irse, tras un breve abrazo.

Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, comencé a creer que eso no sucedería. No supe nada de ella por mucho tiempo, más del que podía contar con el calendario; no hubo llamadas, ni cartas y no tenía idea de dónde podía ella vivir.

Conseguí un trabajo de tiempo completo, nada importante, pero lo suficientemente estresante como para poder olvidarme de todo y concentrarme únicamente en eso. No fue suficiente, ni un sólo día pude dejar de pensar en ella. Seguí viviendo en casa de mis padres con la mentira de que así podría ayudarlos a pagar las cuentas y con las labores del hogar. No obstante, todas las noches al regresar de la oficina, la imaginaba sentada en el portal de mi casa, fumando uno de los cigarrillos baratos que siempre le ofrecía, esperándome. Eso nunca sucedió y, aunque me engañaba a mí mismo pensando que esa posibilidad podía darse, mi corazón se fracturaba todas las noches al ver el portal de mi casa vacío.

Hasta que, una fría noche de invierno y después de muchos calendarios desechados, ahí se encontraba ella, sentada en el suelo frente al portal de mi casa.

Tuve que mirar dos veces para corroborar que mi mente no me jugaba una mala pasada; en verdad estaba ahí, sentada, fumando un cigarrillo barato, mirándome, sonriéndome… No pude evitar correr para abrazarla mientras trataba de contener el llanto; su cabello castaño ya no era largo, su cuerpo era mucho más delgado y su piel más pálida, pero sus ojos seguían teniendo el mismo brillo de toda la vida; seguía irradiando la misma felicidad que la primera vez que la vi.

«Te hice una promesa, y sabes que siempre las cumplo.»

Me quería morir de vergüenza por no haberme esforzado lo suficiente y creer en ella.

Aún ahora sigo sin comprender por qué decidió venir a morir a mi lado. Le reproché en silencio mil y un veces el no haberme revelado su cáncer terminal sino hasta los últimos días, cuando ya no podía levantarse de la cama, cuando ya no podía hilvanar sus ideas correctamente, cuando su mirada se marchitaba lentamente… Tal vez quiso que todo volviera a ser como antes; pasar horas en la biblioteca, tomar un café barato, o fumar sentados bajo las escaleras de algún puente. O tal vez no quiso que sintiera compasión por ella.

No sé qué fue lo que la chica más popular de la universidad y la hija de una de las familias más ricas de la ciudad veía en mí, un pobre diablo que tenía que esforzarse día a día para ganarse el pan. Pero pude darle lo que necesitaba y ella, como un último obsequio, me dio un lugar en el cual todos los días la puedo visitar.


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